Hace un par de semanas estaba harta, desesperada, desesperanzada y francamente hasta el moño de que no se cumplieran los acuerdos de orden respecto a la habitación de mi hijo de 15 años. Llevábamos tiempo con este tema y ¡ya no podía más!.
Desde ahí decidí poner un límite como estrategia para cuidarme y cuidar, poco pensaba entonces que un proceso de mucho aprendizaje estaba empezando…
Cuando pensé en ese límite, lo hice con la intención de cuidar Necesidades muy claras para mí (nosotr@s, incluyendo a mi pareja): orden, belleza, armonía, coherencia, integridad respecto a mis valores, respeto por las personas que cumplimos con las normas y también cuidado hacia la familia, hacia la casa y hacia mi hijo.
Yo tengo la creencia/opinión de que tener la habitación ordenada le ayuda. Que le cuida. Que favorece su salud mental y su salud física, que le facilita encontrar las cosas, estudiar con más calma, disponer de ropa limpia, moverse con menos estrés.
Así que, decidida y empoderada, le dije que por cada día que la habitación no estuviera ordenada, pasaría una semana en casa de su padre. Y aquí viene una parte importante del aprendizaje: cuando puse ese límite estaba ultra convencida de que jamás llegaría el momento de cumplirlo. De verdad lo creía. Sé que la relación con su padre es buena, y a la vez también soy consciente de que allí no tiene las mismas comodidades ni el mismo apoyo logístico y emocional. Pensé que solo anunciar el límite sería suficiente para que él se diera cuenta de que el tema iba en serio, de que mi pareja y yo habíamos llegado al tope de nuestra tolerancia. Estaba convencida de que pondría en la balanza el esfuerzo de mantener el orden frente a lo que suponía irse a la otra casa, y que eso despertaría unas enormes ganas de ordenar.
¡Estaba muy equivocada!.
El sábado se fue de casa dejando la habitación desordenada. No entro en detalles por respeto a su intimidad, cuando la ví casi me da un síncope. Me desbordaron las emociones. Estaba enfadadísima, alucinando, sin poder entender qué había pasado.
¿Cómo podía ser tan 🤬🤬🤬? Y además no era un día de instituto con prisas y carreras, era sábado, se fue a las doce porque había quedado con una amiga. Me sentía tremendamente incómoda. Por un lado estaba el enfado, la necesidad de respeto, de cuidado, de ser vist@s, de ser tenid@s en cuenta, de poder confiar.
Y por otro lado aparecía una pregunta muy incómoda: ¿y ahora qué hago con ese límite que he puesto?
Porque encima, al explicarle el límite le había dicho: “me conoces y sabes que lo voy a cumplir”.
Mis necesidades de integridad, coherencia y el respeto hacia mí misma gritaban con fuerza al recordarlo. Y a la vez, otra voz interna me decía: pusiste un límite que no era realista, es desproporcionado, una semana es demasiado*.
*(👆recuerda a la hora de poner un límite, al igual que al hacer una petición, que sea realista 😅)
Pasé un rato muy incómodo, ¡de verdad!. Al principio me costó conectar con necesidades; estaba más en los juicios y en la emoción cruda. Me permití desahogarme y conforme bajaba la intensidad pude ir validando las emociones.
Más tarde cuando pude compartirlo con mi pareja, me hizo reflejos que me ayudaron mucho, nos dimos empatía mutuamente y cuando ya estábamos más descargados emocionalmente empezó a aparecer algo distinto: curiosidad y corazón abierto. Teníamos ganas de entender qué le había movido a él a decidir no ordenar. Qué necesidades estaba intentando cubrir. Pensamos en la facilidad, la ligereza, la autonomía, la libertad… aparecieron varias y sentimos el deseo de preguntárselo directamente.
Cuando llegó el momento de hablar con él, el domingo por la tarde, mi pareja y yo ya estábamos bastante desahogad@s, teníamos claridad respecto a nuestras necesidades y apertura real para escuchar las suyas.
La conversación fue muy bonita. Empecé explicando qué estaba vivo en mí, incluyendo mis dudas sobre el propio límite y reconocí que pensaba que una semana quizá era demasiado. Él se disculpó y nos dijo que se había olvidado del límite, que en ese momento estaba cuidando sus necesidades de facilidad, de fluir, de relajarse, de disfrutar, y que en ningún momento se había acordado de lo que habíamos hablado. (Sí, mis hij@s hablan de necesidades)
Nos pidió una nueva oportunidad y propuso algo que para nosotr@s fue muy significativo: hacer un trabajo en casa para restaurar el impacto de sus actos. En nuestra familia utilizamos mucho esta mirada restaurativa. Él mismo buscó una tarea que era bastante tediosa y además se comprometió a poner un cartel en la puerta para acordarse de ordenar. También estuvo abierto a escuchar consejos para que el desorden no volviera a desbordarse.
Todo este proceso me ha llevado como te anticipaba, a una reflexión más profunda sobre los límites. He llegado a ver con claridad que las Necesidades que quería y quiero cubrir con ese límite son tranquilidad, armonía, orden, belleza, cuidados y coherencia. También puedo ver que el hecho de que mi hijo pase una semana en casa de su padre cuidaría de muchas de esas mismas necesidades. Y al mismo tiempo, reconozco, con honestidad, qué necesidades no se cuidarían lo suficiente: los cuidados emocionales, la tranquilidad, la cercanía y el apoyo hacia él y mi tranquilidad materna.
Y sobretodo hay algo que para mí es esencial recordar: los límites no se los pongo a la otra persona, me los pongo a mí y cuando un límite deja de estar al servicio de las Necesidades, pierde el sentido y puede convertirse en castigo o amenaza, aunque no sea esa nuestra intención.
Por eso creo que es tan importante revisar los límites, preguntarnos de qué estamos cuidando con ellos, qué impacto tienen y si realmente están al servicio de la vida y de la relación.
Acompañar a nuestr@s hij@s a entender los límites, a comprender las necesidades que hay detrás y a encontrar formas de contribuir, abre espacios de cooperación, responsabilidad y respeto mutuo que van mucho más allá del “cumplir o no cumplir”.
Si al leer esta experiencia te has reconocido en el cansancio, en la duda, en la culpa o en la dificultad de sostener un límite sin romper el vínculo, quiero decirte algo importante: no te pasa porque lo estés haciendo “mal”, o seas “mala” madre/padre.
Poner límites con conciencia, especialmente con nuestros hijos e hijas, es uno de los aprendizajes más profundos y desafiantes que tenemos como madres y padres, es un reto enorme, porque les queremos con locura, porque nos importa el vínculo y porque no tenemos referentes sobre cómo hacerlo.
Precisamente desde esta necesidad nace el proyecto Cuidado y Conexión Familiar, que iniciaremos en enero. Un espacio pensado para acompañar a familias que desean poner límites en vez de amenazar o castigar, cuidarse sin descuidar a sus hij@s y sostener la coherencia sin perder la conexión. Un espacio donde madres y padres aprenderán a revisar sus límites, a entender qué necesidades están en juego y a comunicarlos desde la honestidad y la CNV, incluso cuando hay enfado, cansancio o miedo.
En este proyecto también acompañaremos a los niños y niñas para que puedan comprender los límites, expresar cómo los viven, poner los suyos para cuidarse y favorecer la necesidad de contribuir a la familia, no desde la obediencia, sino desde el sentido y el cuidado mutuo. Porque cuando los límites se entienden, dejan de vivirse como amenazas y pueden convertirse en acuerdos al servicio de la vida y del vínculo.
Si este camino te resuena y crees que te vendría bien hacerlo acompañad@, te invito a informarte sobre nuestro proyecto Cuidado y Conexión Familiar y a caminar y aprender juntxs con más conciencia, humanidad y conexión.
Que tengas un feliz y conectado momento! Francina🌻🤗
**Te dejo 3 artículos más sobre los límites:








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